Mindlessly Slims | Gente que nunca engorda y no hace dieta

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mindlessly slims

Como lo que quiero y apenas hago deporte. Me odias, ¿verdad?

Mindlessly Slim es un término de reciente aparición que hace referencia a ese tipo de gente que está delgada sin hacer aparentemente nada.

Comen lo que quieren, no son muy deportistas y, aún así, consiguen mantener a lo largo de toda su vida en un peso estable.

Antes de que empieces a odiarlos, te contamos un par de cosas que quizá debas saber sobre los mindlessly slims.

hateSeguro que en más de una ocasión has odiado a alguien después de escucharle decir ‘yo no hago nada por cuidarme, es todo genética’. Una modelo en alguna entrevista, un compañero de trabajo o hasta tu mejor amiga.

El mundo de la nutrición, siempre atento a promover algún concepto revolucionario que acaba en la nada al de pocos meses, acaba de encumbrar a los Mindessly Slims a la fama. Son aquellas personas que sin obsesionarse con las dietas y sin someterse a ninguna consiguen permanecer delgados – sin fluctuaciones que superen los 4 kilos – a lo largo de toda su edad adulta. Los ‘yo no hago nada por cuidarme’ de toda la vida pero con un nombre más rimbombante, vaya.

El responsable de la aparición de este concepto es el Food And Brand Lab de la Universidad de Cornell que ha sometido a una batería de preguntas a 122 personas que jamás han seguido una dieta pero que han mantenido la linea y a otras 35 que viven obsesionadas por las calorias.

Los Mindlessly Slims: El secreto para no hacer dieta y no engordar

Las conclusiones de este estudio no son más que una confirmación de lo que los dietistas más serios vienen repitiendo desde hace años. Es imposible mantener una dieta restrictiva a largo plazo con lo que la mejor manera para no coger peso es incorporar unos hábitos alimenticios más sanos sin que eso nos haga pasar hambre.

Así, los mindlessly slims no han demostrado tener una genética prodigiosa ni ser los nuevos elegidos. A través de 92 preguntas, y analizadas sus respuestas para intentar trazar un patrón, el resultado que se ha obtenido es mucho más sencillo de lo que pudiera parecer.

El 61% de los sujetos analizados afirmó que el pollo era su comida favorita y un 35% come ensalada todos los días. En cuanto a la cena, el 65% consume verduras. Para desayunar, el 31% toma huevos y más del 50% incluye frutas y verduras. La fruta también es la gran protagonista de los aperitivos del 41% de los participantes. Hasta aquí nada nuevo bajo el sol. Verduras, fruta y carne blanca son las recomendaciones básicas de cualquier profesional que se dedique a la dietética.

Lo que si que es relativamente nuevo es la actitud con la que estos mindlessly slims se enfrentan a la comida. Lejos de llevar una disciplina espartana, prefieren escuchar a su cuerpo y cada vez que éste les dice que tiene hambre comen. Fruta o un sandwich de pavo, claro, nada de bollería industrial. Es más, prefieren dar más importancia a la calidad que a la cantidad y no se sienten culpables cuando comen de más. Nada que ver con el sentimiento de culpa que invade a las personas que están a dieta cuando se la saltan o se dan un pequeño atracón.

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Por otro lado, prefieren comer en casa y son grandes amigos del deporte. Más del 40% lo practica de 5 a 7 días a la semana, el 27% tres o cuatro días y el 32% dos días o ninguno.

Todo es cuestión de sentido común

Como se puede ver, los datos obtenidos, lejos de apuntar a alguna mutación genética, confirman lo que el sentido común nos debería decir si estamos pensando en bajar esos kilos de más que nos atormentan. Por ir un poco más allá, se puede afirmar incluso que los mindlessly slims no existen. Se trata simplemente de personas que tienen interiorizadas unas conductas saludables y las ponen en práctica sin ser conscientes de estar realizando esfuerzo alguno.

Quizá vaya siendo hora de dejar de añadir restricciones a la dieta y basarse más en las señales internas que nos da nuestro cuerpo. ¿Qué tal si comemos cada vez que tengamos hambre? Fruta, pavo, pan integral, etc. Alimentos sanos que poco o nada tienen que ver con los snacks de la máquina de la oficina o del pincho de tortilla del bar. ¿Qué pasaría si en vez de en la cantidad nos fijásemos más en la calidad de lo que comemos?

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